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Mercado de la Cebada de Madrid: cerrado por elecciones

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La situación económica continúa en declive, y en ella se han refugiado muchas decisiones políticas que socavan los derechos de la ciudadanía.

La reiterada cobertura mediática sobre familias desahuciadas nos ha hecho cuestionar si protegemos lo suficiente el derecho a la vivienda y demasiado al sistema bancario, aunque los cambios reales han sido prácticamente inexistentes. El ominoso futuro de la Plaza de la Cebada, con sus vínculos ancestrales a la interacción social entre madrileños, nos hace pensar en el derecho a la ciudad y en quién recae administrarlo.

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Las paredes de ladrillo ocultan la cadencia de los baldaquines de hormigón y el conjunto del mercado interrumpe la conexión entre la Plaza de la Cebada y la del Humilladero / Foto: Gustavo Crespo

Quizás el origen de la importancia de esta plaza date del siglo X, en el que sus actuales confines servían de cementerio para la ciudad musulmana. Con la ocupación cristiana, la criba de la cebada en las inmediaciones de esta explanada, ahora en los límites de la muralla, la convertiría en el escenario perfecto para el mercadeo del grano. El carácter público de la plaza se respetó incluso cuando la corte real decidió instalarse en Madrid en el siglo XVI. Fue una época de crecimiento acelerado, en el que la provisión residencial existente no daba abasto al influjo de cortesanos. Los residentes de la villa se vieron obligados, con la regalía de aposento, a ceder la segunda planta de sus casas a los recién llegados, y así surgieron las casas a la malicia, que intentaban burlar esta ley con trucos como la colocación de ventanas a diferentes alturas, donde varias plantas podrían percibirse como una. En este contexto, el respeto hacia un espacio público de tamañas dimensiones resulta especialmente significativo.

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Las casas a la malicia son experimentos arquitectónicos de rebeldía ciudadana diseñados para burlar la regalía de aposento / Foto: Marta Chamorro

Su extensión no dista mucho de la de otras plazas en las inmediaciones; sin embargo, la Plaza Mayor, la Plaza de Oriente o la Puerta del Sol, tienen un carácter impositivo, representan pensamientos tardíos, inserciones arquitectónicas de geometría perfecta que pretenden demostrar la entereza del orden establecido, y en su desaliñada conexión con el tejido urbano revelan un punto débil. La informalidad de la Plaza de la Cebada encaja orgánicamente con el puzle del Madrid de los Austrias y así sobrevivió a esta etapa traumática para la ciudad, convirtiéndose en escenario de ritos religiosos, ejecuciones y mercados. Esta última faceta prevalecería, con la construcción de una estructura permanente en el siglo XIX que albergó el que se convertiría en uno de los mercados más importantes de la capital. Sin embargo, a mediados del siglo XX la integridad de esta estructura de hierro forjado fue cuestionada, justificando así su precipitada demolición. El futuro de la plaza pendía de un hilo, pero los comerciantes se asociaron en una cooperativa y construyeron el mercado actual de seis baldaquines de hormigón. La dramática belleza e intrigante repetición de esta estructura se ve obstruida no tanto por la roma distribución interna de las unidades comerciales, como por las protuberantes paredes de ladrillo. La relación entre el nuevo edificio y la plaza también crea problemas, dejando un vacío expuesto al tráfico de la calle de Toledo y obstruyendo el contacto con la Plaza del Humilladero. Sin embargo, su notable destreza técnica y la fecha de su construcción, en 1958, convierten este edificio en testimonio de un momento histórico en el diseño con hormigón armado y de la relación entre arquitectura e ingeniería estructural. En 1959 se celebró en Madrid el primer Coloquio Internacional sobre los Procesos de Construcción de Estructuras Laminares, que, bajo el liderazgo de Eduardo Torroja, ejercería una influencia directa en maestros de la técnica como Heinz Isler o Félix Candela.

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La distribución de plantas y unidades comerciales impiden apreciar la secuencia de estructuras laminares / Foto: Gustavo Crespo

Con la venta de la Plaza de la Cebada a intereses puramente comerciales, el ayuntamiento de Madrid está dando carpetazo a once siglos de historia, once siglos en los que los madrileños han disfrutado del derecho a este espacio público. Las demostraciones de indignación vecinal, así como el uso espontáneo de las áreas disponibles, no parecen capaces de disuadir al Ayuntamiento de Madrid a frenar la demolición de un edificio reseñable, y comprimir en la plaza un centro comercial mastodóntico para el disfrute de las mismas franquicias que ya dominan decenas de centros similares y las arterias comerciales de la ciudad. ¿Acaso se puede esperar que un concejal se preocupe más por sus votantes que por los dirigentes de su partido en un sistema electoral de listas cerradas? ¿O pedir que un ayuntamiento no busque medios para incrementar su recolección del IBI, cuando constituye un porcentaje tan alto de sus ingresos? A menudo nos lamentamos de la inmoralidad de nuestra clase política, pero ¿no hemos permitido la creación de un sistema que incentiva este tipo de comportamiento? ¿No debería alarmarnos ser casi el único país de la Unión Europea (los otros dos son Portugal e Italia) que mantiene un sistema electoral de listas cerradas?

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El Campo de la Cebada es una iniciativa vecinal que demuestra la demanda de espacios públicos en el Distrito Centro de Madrid / Foto: Gustavo Crespo

Más allá de lo pintoresco, las casas a la malicia son la expresión arquitectónica de la pícara rebeldía madrileña. Representan la inconformidad de un pueblo determinado a burlar a la autoridad de un imperio que no escatima en despotismo hacia sus súbditos más cercanos. Es alentador ver cómo parte de la Plaza de la Cebada ha sido apropiada por iniciativas ciudadanas, o las diferentes plataformas de defensa de este espacio público que han emergido con motivo de su expolio. Sin embargo, si los procesos de demolición y privatización siguen adelante, quedará de manifiesto que los esfuerzos vecinales no son suficientes. Es fundamental considerar la canalización de estas iniciativas para afrontar una crisis política que, con perspectiva, puede resultar más preocupante que la económica.

 

Por Gustavo Crespo. Arquitecto en Glasgow (Escocia, Reino Unido)

 

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